Posted On February 23, 2018 By In Académico And 331 Views

Un reportaje interesante para los jóvenes galeses

EL ALCOHOL DAÑA EL CEREBRO ADOLESCENTE

Dentro de nuestro ejercicio de educar y enseñar está la educación integral y tocar aquellos temas que en definitiva son importantes para nuestros educandos; y es ahí, cuando se me ocurre llevar a los jóvenes galeses en nuestro periódico un texto donde se mezcla el periodismo investigativo con una realidad que ninguno de nosotros se atreve a enfrentar, pero, que existe y, lo que más preocupa, es la falta de conocimiento al respecto. Espero nos ayude a reflexionar y tomar cartas en el asunto.

Yamile Mora

La mitad de los jóvenes que empiezan a beber antes de los 14 años desarrollará dependencia.

Los adolescentes han bebido alcohol durante siglos, pero el que hasta ahora había sido un debate social y moral podría no tardar en centrarse en la neurobiología. Los costos de un consumo elevado a una edad temprana parecen ir mucho más allá del tiempo que roba el alcohol a los deberes, el riesgo de peleas o accidentes y las dificultades que añade al crecimiento. Cada vez más investigaciones indican que el alcohol provoca más daños al cerebro en desarrollo de los adolescentes de lo que se solía creer, y les causa unas lesiones significativamente mayores que al cerebro de los adultos. Los jóvenes aguantan más bebiendo y también dañan más sus funciones cognitivas.

Una zona afectada es el hipocampo, que resulta crucial para la memoria y el aprendizaje. Aunque son preliminares, los hallazgos han echado por tierra la suposición de que la gente puede beber mucho durante años sin sufrir lesiones neurológicas significativas y, la investigación incluso apunta a que un gran consumo de alcohol a una edad temprana podría socavar precisamente las capacidades neurológicas necesarias para protegerse del alcoholismo.

Los nuevos descubrimientos pueden ayudar a explicar por qué las personas que empiezan a beber a una edad temprana corren un enorme riesgo de convertirse en alcohólicas. Según los resultados de un sondeo realizado en Estados Unidos entre 43.093 adultos y publicado el 3 de julio en Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, un 47% de las personas que comienzan a beber alcohol antes de los 14 años desarrollan una dependencia en algún momento de su vida, en comparación con un 9% de aquellos que esperan como mínimo hasta los 21 años. La correlación se mantiene incluso cuando se tienen en cuenta los riesgos genéticos de alcoholismo.

En 1995, el grupo del neuropsicólogo Scott Swartzwelder del Duke y el Veterans Affairs Medical Center de Durham, al que pertenece White, observó en uno de sus experimentos con ratas a las cuales se les dio alcohol y que se encontraban bajo sus efectos tenían muchos más problemas que las ratas adultas achispadas cuando se les pedía repetidamente que localizaran una plataforma SONY Página 2 sumergida en una bañera de agua turbia y que nadaran hasta ella. Swartzwelder afirma que es probable que en adolescentes humanos unos mecanismos neuronales análogos expliquen las lipotimias, una pérdida de memoria para los acontecimientos que se producen durante una noche de gran consumo de alcohol sin pérdida del conocimiento.

Otras investigaciones han descubierto que, aunque las ratas adolescentes alcohólicas se vuelven más sensibles a la discapacidad de la memoria, sus células del hipocampo responden menos que las de los ejemplares adultos al neurotransmisor ácido gammaamino-butírico (GABA, siglas en inglés), que ayuda a inducir tranquilidad y somnolencia. Este mecanismo celular puede ayudar a explicar la observación que realizaba Jack London en John Barleycorn: las memorias alcohólicas de que cuando era un adolescente podía seguir bebiendo mucho tiempo después de que sus compañeros adultos se hubieran quedado dormidos.

“Sin duda, algo cambia en el cerebro cuando está expuesto al alcohol de forma temprana”, dice Swartzwelder en una entrevista. “Es un arma de doble filo y ambos filos son malos. Los adolescentes pueden beber mucho más que los adultos antes de estar lo bastante dormidos como para dejarlo, pero por el camino están perjudicando sus funciones cognitivas con mucha más intensidad”.

En 1998, Sandra Brown y Susan Tapert, psicólogas clínicas de la Universidad de California, San Diego, descubrieron que los jóvenes de 15 a 16 años que dijeron haberse emborrachado como mínimo en 100 ocasiones obtuvieron unos resultados significativamente peores que sus compañeros abstemios en pruebas de memoria verbal y no verbal. Los adolescentes, que estuvieron sobrios durante las pruebas, se habían emborrachado un promedio de 750 veces a lo largo de sus cortas vidas. “El consumo elevado de alcohol durante la adolescencia está asociado con unos déficit cognitivos que empeoran si dicho consumo prosigue hasta la adolescencia tardía y los primeros estadios de la vida adulta”, afirma Tapert.

Dos estudios con resonancia magnética, uno de ellos realizado por Tapert, han descubierto que los adolescentes que consumen mucho alcohol presentan un hipocampo significativamente menor que el de sus homólogos sobrios. Pero, según los investigadores, también es posible que quienes consumen mucho alcohol tuvieran un hipocampo más pequeño incluso antes de empezar a beber. Los adolescentes que consumen mucho alcohol también podrían utilizar el cerebro de forma distinta para compensar sutiles lesiones neurológicas, dice Tapert. Un estudio publicado en 2004 que utilizó resonancias magnéticas funcionales, observó que los adolescentes que abusan del alcohol y que se sometieron a una prueba espacial mostraron una mayor activación de las regiones parietales del cerebro, hacia la zona anterior del cráneo, que los adolescentes abstemios.Tapert plantea la hipótesis de que cuando los bebedores son más jóvenes, el cerebro ha sido capaz de reclutar a zonas más amplias para esa tarea. “Éste es un cálculo bastante fiable de los primeros estadios de un trastorno neuronal sutil, y es probable que se pueda rectificar si la persona deja de beber”, señala.

Además de en el hipocampo, el alcohol también parece provocar daños graves en las zonas frontales del cerebro adolescente, que son cruciales para controlar los impulsos y reflexionar sobre las consecuencias de las acciones, unas capacidades de las que carecen muchos adictos y alcohólicos de todas las Edades.

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